Santo Domingo.- El terremoto no avisa, no hay país que pueda impedir que ocurra; por ende, prepararnos es una responsabilidad nacional para, sin pedir que el fenómeno natural se convierta por imprevisión en una catástrofe humana.
Nuestro territorio está expuesto, por su ubicación, entre las placas del Caribe y la de Norteamérica.
A estos se les suma el riesgo de tsunami para comunidades costeras. No se trata de provocar alarma, sino de reconocer una realidad. El país no parte de cero.
Cuenta con el COE, la Defensa Civil, la Comisión Nacional de Emergencias, el Servicio Geológico Nacional y la UNESPIE, además de los reglamentos de construcción, los simulacros que se realizan y un personal especializado que se ha ido formando.

Según las informaciones más recientes, UNESPIE ha completado casi 4.200 evaluaciones técnicas a unas 3.350 edificaciones y más de 800 puentes, además de los 950 ingenieros y arquitectos certificados de la Red de Evaluadores Estructurales Dominicanos.
Es una fortaleza importante, pero no equivale todavía a una preparación suficiente, porque el gran desafío comienza después del diagnóstico: decidir qué debe reforzarse, el costo, quién lo ejecutará y en qué plazo.
La pregunta clave: ¿cuántas de las instalaciones que necesitaremos inmediatamente después de un terremoto podrán continuar funcionando? Un hospital, por ejemplo, vulnerable puede dejar a toda una comunidad sin atención. Un puente afectado puede impedir que llegue la ayuda. Una estación de bomberos colapsada puede inutilizar a quienes deben responder y encabezar esa respuesta inmediatamente.
Por eso el gobierno debe actuar con prontitud en cuatro frentes. Primero, completar y transparentar un inventario de la infraestructura crítica clasificada por nivel de riesgo. Segundo, establecer un programa de reforzamiento con presupuesto y cronograma de cómo se hará el trabajo.
No basta con contar edificios evaluados; debemos realmente contar cuántos han sido intervenidos y asegurados. Tercero, hacer cumplir estrictamente las normas de construcción, fortaleciendo la coordinación entre el gobierno, los ayuntamientos y los gremios profesionales.
Y cuarto, garantizar planes de continuidad para hospitales y centros de decisión, además de asegurar el suministro de agua, electricidad, telecomunicaciones y, muy importante, los combustibles.
El geólogo Osiris de León advirtió que la acumulación de esfuerzos tectónicos en la mitad occidental del Caribe mantiene al país bajo amenaza sísmica y consideró necesario que las autoridades nacionales y locales fortalezcan sus planes de respuesta ante una eventual emergencia.
“Desde el 2020 ya se han registrado 5 terremotos de magnitud superior a 7 en la mitad occidental del Caribe, por lo que las autoridades nacionales y locales deben poner en agenda planes de respuesta rápida ante emergencias sísmicas”, expresó el especialista.
La advertencia cobra importancia por las condiciones geológicas y urbanas del país, donde existen zonas asentadas sobre suelos blandos y edificaciones con diferentes niveles de vulnerabilidad frente a las fuerzas generadas por un terremoto.

¿Cuáles son las zonas más vulnerables?
De León identificó como áreas de especial vulnerabilidad los territorios sobre suelos blandos del valle del Cibao, el bajo Yuna, la línea Noroeste y la costa Atlántica.
También señaló sectores de Santo Domingo Norte y Santo Domingo Oeste, además de Los Prados, Jardines del Norte, Los Ríos y Arroyo Hondo. A estos territorios suma zonas próximas al lago Enriquillo y áreas de Barahona, Azua y Baní.
El geocientífico explicó que la vulnerabilidad no depende únicamente de la intensidad del terremoto. Las características del suelo y la capacidad de las estructuras para responder a los movimientos también pueden determinar el nivel de daños.
Ante la presencia de energías, República Dominicana se encuentra influenciada principalmente por dos sistemas de fallas tectónicas regionales capaces de producir terremotos de gran magnitud.
Una es la Hispaniola Norte, localizada al norte de Puerto Plata y asociada al contacto entre las placas tectónicas de Norteamérica y el Caribe. De León señaló que este sistema ha producido seis grandes terremotos.
La segunda es la Enriquillo-Plantain Garden, ubicada en la zona del lago Enriquillo y relacionada también con el límite entre ambas placas. Según el geólogo, esta falla ha producido cuatro grandes terremotos.
Para De León, uno de los principales desafíos que enfrenta el país está en la capacidad de las estructuras para soportar un terremoto de gran magnitud.
“Los edificios no se diseñan para disipar energía sísmica y luego demolerlos. Los edificios deben diseñarse para continuar en servicio luego de un gran terremoto”, dijo.
Esto incluye hospitales, escuelas, iglesias, centros comerciales, centros de convenciones, puentes, hoteles y otras infraestructuras esenciales.
“El error más común durante un terremoto es salir corriendo sin saber dónde hay menos riesgo de ser impactado por una estructura que colapsa. Otro error es comprar, construir o remodelar viviendas sin conocer la respuesta sísmica de esa estructura”, afirmó.
Preparación antes que reacción
Ante la presentación de un sistema, De León planteó que el riesgo sísmico debe recibir mayor atención en las escuelas, universidades y medios de comunicación para evitar mayor incidencia ante el impacto.
También, consideró necesario incrementar el número de rescatistas y socorristas, dotarlos de equipos y vehículos adecuados y distribuir la capacidad de respuesta en las zonas con mayor exposición, entre ellas la costa Atlántica, el valle del Cibao, el bajo Yuna y el valle de Enriquillo.
Aunque los mecanismos de detectar sismos se encuentran avanzados, el experto en geología dijo que no se puede predecir la fecha y hora de su impacto. Pero, mientras los expertos continúan buscando respuestas, la preparación de las autoridades, la calidad de las edificaciones y el conocimiento de la población siguen siendo las principales herramientas para reducir sus consecuencias.
