Soy Joel Durán, latino de origen dominicano, nacido en la ciudad de La Vega, pero criado y formado en el municipio de Gaspar Hernández, en la provincia Espaillat, una ubicación estratégica que me permitió crecer en contacto directo con uno de los corredores turísticos más importantes y diversos de la República Dominicana.
Desde muy joven estuve rodeado por la dinámica turística de la región norte, una franja privilegiada que abarca destinos de alto valor cultural, natural y hotelero como Samaná, Nagua, Río San Juan, Cabarete, Sosúa y Puerto Plata.
Esta cercanía geográfica no solo me dio acceso físico a estos lugares, sino que me permitió observar, entender y vivir cómo funciona el turismo desde dentro: cómo se construyen los destinos, cómo operan los hoteles, cómo se conectan con las comunidades locales y cómo se integran la cultura, la naturaleza y la gastronomía para crear experiencias.
Durante ese proceso conocí de primera mano algunos de los hoteles y complejos más reconocidos de la zona norte, como Sublime Samaná, Grand Bahía Príncipe Samaná, Viva Wyndham Tangerine (Cabarete), Ocean World Puerto Plata, Lifestyle Holidays Vacation Club, Playa Dorada Resort, Amanera (Playa Grande) y los resorts de Sosúa y Cabarete orientados al turismo internacional y deportivo.
Esa exposición constante me permitió comprender el turismo no como visitante ocasional, sino como sistema: hospitalidad, servicio, oferta cultural, sostenibilidad, promoción, experiencia del viajero y conexión territorial.
Al mismo tiempo, ese entorno hotelero y multicultural fue mi primera gran escuela gastronómica.
En esos espacios conocí la gastronomía latinoamericana como un lenguaje cultural: platos caribeños, centroamericanos y sudamericanos que representan historia, clima, territorio y memoria.
Aprendí que la comida no es solo alimento, sino identidad, y que cada receta cuenta la historia de un pueblo.
En 2021 me mudé a Canadá, donde esa formación se amplió aún más. Allí entré en contacto directo con una comunidad latina diversa y activa: personas de Argentina, Chile, El Salvador, Honduras, Ecuador, México, Colombia y Venezuela, entre otros países.
Gracias a esas relaciones personales —amistades, encuentros culturales y espacios comunitarios— tuve acceso a recetas tradicionales que no había conocido en profundidad en el Caribe: desde la cocina andina hasta la rioplatense, desde los sabores mexicanos hasta la tradición venezolana y colombiana.
No solo probé esos platos: aprendí su origen, su contexto, sus variaciones regionales y su significado cultural directamente de quienes los cocinan y los viven como herencia familiar.
Eso transformó mi conocimiento gastronómico en algo vivo, práctico y profundo, no académico ni superficial.